El lápiz aleteaba sobre el papel. Pentagrama tras pentagrama la obra estaba terminando de surgir. Las dudas habían terminado. El desarrollo había sido audaz, lleno de momentos de crisis, repleto de tensiones resueltas en forma sorprendente y más tensa aún. El final se vaticinaba pleno, satisfactorio. ¿Acabaríamos con un fácil final de todos los instrumentos juntos, o con una lírica exposición a cargo de un oboe apenas acompañado de las cuerdas en armónicos?

Tras escribir la doble barra final, el compositor decidió que este movimiento de su obra, al que llamó 2009, fuera seguido de otro movimiento —¿lo llamaría quizá 2010?— más luminoso, más esperanzador.

Feliz año nuevo.