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Felices Fiestas

El lápiz aleteaba sobre el papel. Pentagrama tras pentagrama la obra estaba terminando de surgir. Las dudas habían terminado. El desarrollo había sido audaz, lleno de momentos de crisis, repleto de tensiones resueltas en forma sorprendente y más tensa aún. El final se vaticinaba pleno, satisfactorio. ¿Acabaríamos con un fácil final de todos los instrumentos juntos, o con una lírica exposición a cargo de un oboe apenas acompañado de las cuerdas en armónicos?

Tras escribir la doble barra final, el compositor decidió que este movimiento de su obra, al que llamó 2009, fuera seguido de otro movimiento —¿lo llamaría quizá 2010?— más luminoso, más esperanzador.

Feliz año nuevo.

Gaetano Donizetti: apuntes para su biografía

Los veintiocho años de carrera de Gaetano Donizetti (1797-1848) dieron para setenta y cinco óperas, veintiocho cantatas, ciento quince obras de música religiosa, dieciocho cuartetos, tres quintetos, trece sinfonías y numerosas arias de concierto y piezas instrumentales. Los datos -tomados de esa excelente Breve historia de la ópera de Jesús Trujillo Sevilla en la que, no vamos a ocultarlo, se vierten duras opiniones sobre el autor de Lucia di Lammermoor- hablan por sí solos de una trayectoria extraordinariamente prolífica e injustamente breve, siendo cercenada por la sífilis antes de que el compositor alcanzara la plenitud de una inspiración que, aun habiéndonos legado algunas páginas excelsas, hasta entonces se había mostrado un tanto irregular y esquiva.

Domenico Gaetano Maria Donizetti nació en Bérgamo el 29 de noviembre de 1797, justo el mismo año en que lo hacía Franz Schubert. Cinco años antes había visto la luz Gioachino Rossini, apenas unos meses más tarde de que falleciera Mozart. Dicho de otra manera: el mundo que van a vivir los dos italianos y el austríaco es el de la transición del Neoclasicismo (el Clasicismo musical) al Romanticismo, estilos entre los que nuestro autor se va a mover continuamente a lo largo de su prolífica trayectoria. Lo que ocurre es que mientras el creador de Viaje de invierno va a consagrar sus mayores esfuerzos al lied y a la música sacra, los otros dos van a ser, junto con el algo más joven Vincenzo Bellini (n. 1801), las grandes luminarias de la ópera italiana que van a brillar en el espacio de tiempo comprendido entre la desaparición del citado Mozart y la madurez de ese otro gran genio, ya plenamente romántico, que es Giuseppe Verdi, de quien el autor de La Favorite es el más claro precursor.

Nacido en el seno de una modesta familia sin particular interés en la música, el joven Donizetti tuvo la enorme fortuna de entrar en contacto a sus nueve años con el compositor bávaro Johann Simon Mayr, a la sazón prolífico autor de óperas en estilo italiano que por entonces ejercía de maestro de capilla en la catedral de Bérgamo. Mayr no sólo le impartió provechosas clases teóricas que le formaron en el espíritu del clasicismo vienés (Haydn, Mozart y el joven Beethoven, este último aún en vías de realizar su gran revolución), sino que además, una vez frustradas sus tentativas en la cantoría catedralicia debido a serias limitaciones vocales, concertó y financió parcialmente su desplazamiento al Liceo Musical de Bolonia para estudiar con el prestigioso Stanislao Mattei, a su vez maestro de Rossini.

Y no solo eso. Habiendo mostrado Donizetti ya en su trayectoria estudiantil algunas habilidades en la escritura vocal, fundamentalmente con Il Pigmalione (cuyo estreno aún se haría esperar), Mayr logró que el teatro San Luca de Venecia le brindara a sus veintiún años la oportunidad de realizar su presentación en el terreno de la lírica. El resultado sería la ópera Enrico di Borgogna(1818), a la que pronto seguirían algunos otros títulos escénicos y diferentes páginas tanto sacras como camerísticas.

El giro en su trayectoria vendría con una invitación nada menos que del Teatro Argentina de Roma -pocos años antes se había estrenado en él El barbero de Sevilla-, invitación que se saldaría el rotundo éxito de Zoraida di Granata en 1821, que a su vez le abrió las puertas de un Nápoles que por entonces dominaba el todopoderoso empresario Domenico Barbaja. Comenzaba así para Donizetti una larga etapa napolitana en la que nuestro autor trabajaría muy intensamente para el prestigioso Teatro San Carlo al tiempo que intentaba satisfacer compromisos con centros tan prestigiosos como La Scala de Milán (fracaso de Chiara e Serafina en 1822) o el Teatro Valle de Roma (enorme éxito de L’ajo nell’imbarazzo en 1824), al tiempo que con Alahor in Granata (Palermo, 1826) recibía críticas (bastante justificadas, como pudimos comprobar en su recuperación mundial en el Maestranza) por sus evidentes deudas rossinianas.

En cualquier caso la intensidad de su trabajo logró convertirle a partir de 1828 en director del Teatro Real de Nápoles, un cargo que le ofrece estabilidad a su reciente matrimonio y en el que va a permanecer durante diez años algo menos intensos en lo que a cantidad de producción lírica se refiere, pero más felices en inspiración, lo que se evidencia en el éxito de L’esule di Roma(Nápoles, 1828) y, sobre todo, de Anna Bolena (Milán, 1830), título que no solo evidencia ya una más clara definición en su estilo, sino que además hace a Donizetti famoso a escala europea, colocándole en primera línea de la lírica italiana.

La mera enumeración de algunos de los títulos que vendrían a continuación confirma que Donizetti entraba en su más fructífera etapa: L’elisir d’amore (Milán, 1832), Lucrezia Borgia (Milán, 1833),Maria Stuarda (Milán, 1835), Lucia di Lammermoor (Nápoles, 1835) yRoberto Devereux (Nápoles, 1837) siguen siendo páginas básicas del repertorio. Por desgracia las circunstancias personales se muestran extraordinariamente duras: entre 1835 y 1836 pierde a sus progenitores y en julio de 1837 su esposa Virginia Vasselli fallece cuando intentaba -el niño nace muerto- dar a luz. La joven tenía solo veintinueve años. Y el mismo Donizetti -que contaba cuarenta- ya había reconocido hace tiempo en sí mismo los síntomas de la sífilis que probablemente había generado los problemas de su esposa.

Sumido en una más que comprensible depresión, Donizetti termina de derrumbarse cuando ve frustradas sus esperanzas, ese mismo año fatídico de 1837, de convertirse en nuevo director del Conservatorio de Nápoles, donde llevaba algunos años impartiendo clases de contrapunto. Decidido a salir del agujero cambiando de aires y a la vista sus continuos choques con la censura napolitana a causa de sus libretos, nuestro artista toma conciencia de que no tiene más a lo que aspirar en el sur de Italia y, siguiendo los pasos de Rossini, decide materializar su sueño de vivir y trabajar en París.

En la capital francesa va a permanecer desde octubre de 1838 hasta casi el final de sus días. Durante los tres primeros años se limita a reponer viejos títulos sin componer nada nuevo, pero una vez superado el bache vuelve a recuperar el pulso creativo -no así la inspiración, según algunos especialistas- con obras como La fille du régiment (Opéra-Comique, 1840) o La favorite (Théâtre de l’Académie Royale de Musique, 1840), bien recibidas por el público parisino, al tiempo que La Scala vuelve a requerir sus servicios con Maria Padilla(Milán, 1841).

En 1842 sus horizontes se amplían con una apetecible propuesta de la corte imperial vienesa ofreciéndole un trabajo no sólo bien remunerado, sino también lo suficientemente flexible como para permitirle cumplir con sus otros compromisos. De este modo puede escribir Linda di Chamounix Maria di Rohan para la capital austrohúngara (1842 y 1843 respectivamente), Caterina Cornaro para el San Carlo (abucheada en su estreno en enero de 1844) y su excelente Don Pasquale (1843) para el Théâtre-Italien parisino, que se convierte en canto del cisne no solo del propio Donizetti sino de toda la vieja tradición de la ópera bufa.

Desdichadamente la enfermedad no perdona. Los síntomas se agravan y Dom Sébastien (Paris, noviembre de 1843) es la última obra que logra completar. Il Duca d’Alba queda inconclusa porque el autor se muestra ya incapaz de enfrentarse a un pentagrama. Los trastornos neurológicos -propios de la sífilis en su tercera y más peligrosa fase- terminan transformándose en demencia, hasta el punto de que en 1846 ha de ser ingresado en un sanatorio mental a las afueras de París. La presión de su círculo de amigos y familiares logra que se le traslade en otoño de 1847 a la vivienda de la Baronesa Rosa Rota-Basoni en su Bérgamo natal. Donizetti fallece el 8 de abril de 1848, a los cincuenta años de edad, mientras en Europa estalla la mayor revolución política de todo el siglo y allá a lo lejos suenan los acordes del piano en el que Richard Wagner completaLohengrin.

Un cierto siglo XX

El siglo XX tuvo muchas caras y hoy se las vemos sin complejos, sin perdonarle la vida a nadie, sin negarle el pan y la sal. Por ejemplo, el Concierto para violonchelo y orquesta de Walton, escrito en 1956 para Gregor Piatigorski, es una preciosidad, de mayor calibre incluso que los compuestos para violín o viola por el mismo autor, con los que comparte universo espiritual y sonoro. Con un Moderato lleno de poesía, un Allegro appasionato que recuerda al gran Walton  de la Primera Sinfonía y un tema ed improvisazioni final que muestra la maestría del autor para la fomra variación. Música directa, sensible y cordial, maravillosamente hecha que encuentra en Pieter Wispelwey un traductor de primerísima clase. El violonchelista holandés se encaramó desde su aparición a lo más alto del escalafón y ahí sigue mientras firma una versión de referenica de este Concierto con la impagable ayuda del escelente Jeffrey Tate, un valor seguro donde los haya, y una magnífica Orquesta Sinfónica de Sydney. El disco se completa con un paseo por distintas músicas para vilonchelo solo, como la espléndida Sonata de Ligeti

Honda Madurez

Una vez más, Luis de Pablo acude al género del concierto con solista. Las dos obras representadas en este disco, el concierto para arpa y orquesta, Danzas secretas, de 2007, y Frondoso misterio, de 2002, un concierto para violonchelo y orquesta, grabados por el sello Claves para la Colección de Músicos Vascos, constituyen eslabones importantes en la larga cadena a la que pertenecen, en el catálogo del compositor, los tres conciertos para piano, el de violín, uno para guitarra, otro para saxofón (Une couleur) y otro para flauta (Figura en el mar). La excelencia de la mayor parte de estas piezas casi podría llevar a pensar que el compositor había tocado techo en este género, que, por otra parte, se inserta perfectamente en la tradición, pero el asombro no cesa ante la nueva entrega del  músico, dos nuevos conciertos para el disco que fácilmente podrían encabezar una lista de obras de esta clase escritas en los últimos 60 años. Efectivamente, la inventiva  de De Pablo se pone una vez más de manifiesto en estas dos partituras que rebosan honda madurez y que son de esa clase de obras que están pensadas para satisfacer a todo tipo de receptores, pues van más allá de la especulación y del simple enfrentamiento entre solistas y orquesta.

De Pablo convoca a Caplet (el maestro del arpa) y a Charles Ives. A los dos parece rendir homenaje en sendas obras que parecen, además, ir de la mano tanto en plasticidad sonora como en el sabio uso de unos materiales en constante movimiento, conservando el pulso de la armonía tradicional, pero trufado de juegos aportes modernos, como el inteligente empleo de la repetición (última sección de Danzas), el timbre exótico, protagonizado por los intrumentos de percusión, en clara alusión a la fuerte influencia que sobre el músico han ejercido siempre las músicas extraeuropeas y, finalmente, la obtención de momentos que parecen sólo reservados a aquellos que, como De Pablo, poseen ya un bagaje fuera de descusión: la parte central de Frondoso misterio revela, en su forma de música pura, una formidable asimilación de los aportes de un Olivier Messiaen, por la suave disposición de los timbres y el estatismo (emocionante suspensión del tiempo) de todo el conjunto.

Almonacid del Marquesado

Acabo de llegar de Almonacid del Marquesado aún con los ojos empañados y con la nostalgia de haber dejado atrás a mi gente. A lo largo de estos últimos días hemos podido disfrutar de sus fiestas patronales. Ha sido emocionante el poder haber compartido unos días inolvidables con la familia y sobre todo, y lo mas conmovedor, ha sido el reencuentro con algunos compañeros de pupitre.

 Aprovecho esta ocasión para felicitar a la Junta Directiva por tan maravillosa organización, y animarles a que sigan trabajando tal y como han venido haciéndolo a lo largo de estos ultimos años.

Para aquellos que no conocen el pueblo comentaros  algo sobre su historia, fietas etc…

SITUACIÓN

Almonacid del Marquesado se situa en la Mancha Alta conquense de la N-III, en el partido judicial de Tarancón y cerca de las ruinas romanas de Segóbriga. La población se sitúa en un pequeño cerro que se alza por el norte.

HISTORIA

Almoncid del Marquesado estuvo poblado desde la prehistoria, y se han encontrado numerosos útiles, sobre todo neolíticos. En época romana estuvo comunicado por una calzada, y aquí había un miliario. La fuente que durante siglos ha abastecido el pueblo, puede tener origen romano. También existió una necrópolis de esta época de la que se sacaron 22 tumbas. En la época árabe cambió su antiguo nombre por un árabe “almonacid” que significa “el monasterio”. Fue reconquistado y repoblado en el siglo XII y perteneció a la Orden de Santiago, pasando después al marquesado de Villena (de ahí el segundo topónimo). En 1476 le fue otorgado el título de villa por los Reyes Católicos, aunque las tierras pasaron a ser propiedad del Conde de Cifuentes. Aumentando lentamente su población hasta el siglo XX, llegó a contar con unos 1100 habitantes, pero la emigración rural y las grandes ciudades ha afectado a Almonacid.

FIESTAS

La fiesta más famosa de Almonacid es “la endiablada”, una antiquísima fiesta en honor a San Blas y la Virgen Candelaria, declarada de interés turístico nacional. Aproximadamente 150 varones del pueblo se visten con llamativos trajes de  colores y se cuelgan grandes cencerros a la espalda, recorriendo las calles del pueblo y danzando a los santos, con gran estruendo.

MONUMENTOS

La iglesia parroquial de Santiago Apóstol data de principios del siglo XVIII, de planta de cruz latina, con torre a los pies. Tiene cúpula sobre pechinas levantada sobre arcos torales de sillería. Tambien tiene portada abierta al atrio.

De la época romana data el “arca”, una construcción pequeña con cubiertas a dos  aguas de la que sale la conducción de agua que llega a la “fuente de los tres caños”, posiblemente de origen romano igualmente. Tambien se pueden ver los restos de la antigua calzada romana que partía de Segóbriga.

En fin, un pueblecito tranquilo, encantador y sobre todo recomendado para todo aquellos que amen el buen comer.

Disco de Lang Lang

Parece que los pianistas de Deutsche Grammophon han tomado la delantera a su empresa, o que esta parece haberse “soltado el pelo” en comparación con hasta hace pocos años, cuando si un intérprete grababa tal obra ya no la podía grabar ninguno más en unos años, para no hacerse autocompetencia. Ahora tenemos, en un mismo año, conciertos de Beethoven por tres de los pianistas de la casa: Grimaud termina de grabar el Quinto, Pletnev la ha emprendido con la integral de los Conciertos para piano, y Lang Lang graba los Primero y Cuarto. ¿No hay más repertorio para los pianistas del sello amarillo? Está claro que Beethoven es una piedra angular en la carrera de cualquier pianista, pero saturar el mercado, con ofertas repetitivas en una misma casa discográfica, no sé muy bien qué sentido tiene… ellos sabrán. Por cierto, con los directores ocurre lo mismo: Pletnev (de nuevo) ha grabado la integral de las Sinfonías y el debut de Welter-Möst en el sello lo ha sido con la Novena.
El joven pianista chino tarde o temprano tendría que afrontar a Beethoven, aunque bien es cierto que lo lleva trabajando desde hace tiempo. Ya se han podido ver por las televisiones (no españolas, claro está) varios ejemplos de este trabajo, y ahora ha sido el momento para llevarlo al disco. El acompañante a la batuta es un buen conocedor de este repertorio, aparte de ser el mentor (en la carrera americana) del solista, Christoph Eschenbach, y la orquesta que lo secunda, una de sus titularidades, la de París.

El Primer Concierto es el menos bien parado, por decirlo de alguna manera. El primer movimiento, “Allegro con brio”, comienza con una muy buena introducción orquestal, la orquesta suena densa, en las cuerdas sobre todo, pero no resulta pesada, y prosigue con un pianista acertado en el tempo, muy majestuoso, sacrificando (como es típico en él) el color por la expresividad. En algún pasaje, suena algo “sobreactuado”, perdiendo ese toque clasicista de la música, aunque esta afectación no desagrada, por lo menos en esta parte. La cadencia empleada es la del propio Beethoven, y en ella Lang Lang muestra todo un alarde técnico. La orquesta hace en este movimiento un acompañamiento digno del pianista, atento a las inflexiones del mismo, pero, claro, más en el estilo de Beethoven que en los experimentos del pianista.

El segundo movimiento, “Largo” vuelve a tener en la orquesta y el director el auténtico idioma del primer Beethoven. En cambio el pianista vuelve hacer alarde de afectación, y sobreactuación, con algunos pasajes rubateados que llegan a lo ridículo, y alguna alteración en la dinámica.

El tercer movimiento, “Rondo. Allegro” es el peor parado de todos: la orquesta vuelve a dar una lección de estilo, de articulación, de fraseo… y de cierta “gracia” (raro esto en Eschenbach); para mí, lo más interesante de esta grabación. Lang Lang vuelve a hacer muestra de esa afectación, no hay gracia en su discurso, sí hay alteraciones de nuevo, dinámicas y expresivas, aparte de mamporrazos sin sentido, de la peor escuela del último Barenboim. La orquesta mantiene el tipo, y no cae en ese juego. Lang Lang, más que personal, suena caprichoso, afectado y fuera de estilo. Una lástima.

El Cuarto Concierto sale mejor parado, es un piano más romántico, en teoría no puede caer en la “afectación” del primer concierto. Lang Lang, se muestra comedido, quizás algo serio, y demasiado trascendente, pero da gusto oírlo, aquí sí, aunque tanta trascendencia quizás sea excesiva. A la Orquesta de París (quién la visto, y quién la ve) da gusto de nuevo escucharla, un arropamiento algo sinfónico, a la antigua escuela, pero muy convincente. El segundo movimiento, “Andante con moto”, queda muy serio y noble, impresionante la entrada de las cuerdas graves en este movimiento. Con el piano, estático, y marmóreo, firman lo que posiblemente sea el mejor momento de la presente grabación. El último movimiento, “Rondó. Vivace” tiene alguna ocurrencia en el piano, por ejemplo acentuar las notas finales del ritmo ternario, un efecto algo enfático, pero no hay mucho amaneramiento, ni contundencia gratuita; aquí el pianista y la orquesta se muestran más compenetrados que en el concierto anterior.

El disco viena acompañado con un DVD promocional, en inglés unicamente, en la que destaca la entrevista al pianista, cargada de anécdotas.

Stochausen

Una figura crucial en el siglo. Alguien que ha sido capaz de encontrar  -con mayor acierto o menos- relaciones entre todos los parámetros musicales. Alguien que respiraba música, vivía música, era música. Debo comenzar por reconocer, que sólo algunas de su obras me han afectado profundamente. El canto del adolescente, Gruppen, Octaphonie… y algunas otras. Cuestión de afinidades, supongo. Pero que nadie dude de que se nos ha ido uno de los más grandes, uno de los que importan.

Leo el periódico digital y sólo se hace referencia a su teórica relación con el terrorismo: “Lo del 11-S. En su juventud, Boulez escribió un artículo en que se decía que había que volar todos los teatros de la ópera. Eran los 60, en que todo el mundo decía cosas así. Había un contexto, en que se entendía que el motivo era el mal que ciertas costumbres de la programación de ópera hacían a la música. Bueno, el caso es que el 12 o 13-S, Boulez, en Suiza, llega a su hotel, tras dirigir un concierto, y encuentra a dos guardas, que por aquella declaración, le tienen por sospechoso de terrorismo. Pasó la noche en la cárcel.

Mucho peor es lo de Stockhausen. Le entrevistaban sobre su ópera Licht, en la que uno de sus personajes es Satán -un Satán alegórico, claro, la simbología de Stockhausen llevaría bastantes páginas para contarla- . Un periodista, fuera de contexto, le preguntó por si creía en las obras y presencia de ese diablo metafórico que empleaba en su obra. Stockhausen, en lugar de decirle las cuatro cosas que merecía la pregunta, contestó que ahí estaban los atentados del 11-S.

Titulares del día siguiente: “Stockhausen dice que los atentados del 11-S son una obra de arte”.

Ese titular le costó a Stockhausen multitud de conciertos, conferencias y alumnos, ya apalabrados. Teniendo en cuenta que ha elegido un estilo de vida pobre, fuera de los círculos artísticos y editoriales habituales, en imitación del Juego de los abalorios de Hermann Hesse, el daño causado le ha hecho pasar situaciones de auténtico apuro físico, sin contar con el odio inmerecido que ha tenido que sufrir. Puedo contar más, pero esa malicia me enferma- la del periodista, claro-.

Algo má de un año después, lograr que los tribunales determinasen que el periodista había sido malicioso y que se diera una retractación. Pero el mal es casi irreparable. La gente sigue considerando que es un compositor que apoya a los terroristas, y que todos los creadores son así. No hace mucho un artículo del Mundo citaba el caso, junto con el del famoso niño ahorcado para decir que cualquiera que pinte, escriba o componga es una especie de piltrafa.

Lo que no deja de recordarme que cuando asistí al estreno de La Señorita Cristina, de Luis de Pablo, para mi gusto la más hermosa ópera jamás escrita en castellano -la ví cinco veces, no es comentario casual- , alguien del público pedía la cárcel para don Luis, porque no le gustaba la música. Mira que puedo haber leido libros malos, encendido la televisión -nunca una buena idea-, o ver los cuadros que venden en el Corte Inglés, y nunca se me ocurrió pedir la cárcel para su autor, y eso que en algunos casos podría estar casi justificado.

Hay gente que odia a los creadores. Entiendo que algunas cosas puedan no gustar, pero arruinar la vida de alguien, pedir la cárcel para alguien o cosas así, por el mero hecho de crear me resulta despreciable.

Quién quiera documentación, que la pida. Menos de la anécdota de Luis de Pablo, en google anda el resto.

Se hace referencia también a la portada de los Beatles. Espero, quiero pensar, necesito pensar, que alguien hará alusión a su genialidad, su música, su espiritualidad, su misticismo, su personalidad.

Quiero pensar que no vivimos en un mundo mojigato, envidioso y mediocre.

De mortibus nihil nisi bonum

Acaba de morir Stockhausen, uno de los más grandes. Años después de muerto, sigue el bulo de su terrorismo. Una voz para clamar por su genialidad y su indefensión ante la melevolencia -reconocida- de un periodista