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Acabo de llegar de Almonacid del Marquesado, pueblo encantador recomendado para todos aquellos que amen la tranquilidad y el buen comer. A lo largo de estos últimos días hemos podido disfrutar de sus fiestas patronales e honor al Santísimo Cristo de los Milagros.

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langlang2.jpgBueno, pues con el comentario del nuevo disco de Lang Lang, queda inaugurada la sección de discos que mensualmente os iré comentando. Parece que los pianistas de Deutsche Grammophon han tomado la delantera a su empresa, o que esta parece haberse “soltado el pelo” en comparación con hasta hace pocos años, cuando si un intérprete grababa tal obra ya no la podía grabar ninguno más en unos años, para no hacerse autocompetencia. Ahora tenemos, en un mismo año, conciertos de Beethoven por tres de los pianistas de la casa: Grimaud termina de grabar el Quinto, Pletnev la ha emprendido con la integral de los Conciertos para piano, y Lang Lang graba los Primero y Cuarto. ¿No hay más repertorio para los pianistas del sello amarillo? Está claro que Beethoven es una piedra angular en la carrera de cualquier pianista, pero saturar el mercado, con ofertas repetitivas en una misma casa discográfica, no sé muy bien qué sentido tiene… ellos sabrán. Por cierto, con los directores ocurre lo mismo: Pletnev (de nuevo) ha grabado la integral de las Sinfonías y el debut de Welter-Möst en el sello lo ha sido con la Novena.
El joven pianista chino tarde o temprano tendría que afrontar a Beethoven, aunque bien es cierto que lo lleva trabajando desde hace tiempo. Ya se han podido ver por las televisiones (no españolas, claro está) varios ejemplos de este trabajo, y ahora ha sido el momento para llevarlo al disco. El acompañante a la batuta es un buen conocedor de este repertorio, aparte de ser el mentor (en la carrera americana) del solista, Christoph Eschenbach, y la orquesta que lo secunda, una de sus titularidades, la de París.

El Primer Concierto es el menos bien parado, por decirlo de alguna manera. El primer movimiento, “Allegro con brio”, comienza con una muy buena introducción orquestal, la orquesta suena densa, en las cuerdas sobre todo, pero no resulta pesada, y prosigue con un pianista acertado en el tempo, muy majestuoso, sacrificando (como es típico en él) el color por la expresividad. En algún pasaje, suena algo “sobreactuado”, perdiendo ese toque clasicista de la música, aunque esta afectación no desagrada, por lo menos en esta parte. La cadencia empleada es la del propio Beethoven, y en ella Lang Lang muestra todo un alarde técnico. La orquesta hace en este movimiento un acompañamiento digno del pianista, atento a las inflexiones del mismo, pero, claro, más en el estilo de Beethoven que en los experimentos del pianista.

El segundo movimiento, “Largo” vuelve a tener en la orquesta y el director el auténtico idioma del primer Beethoven. En cambio el pianista vuelve hacer alarde de afectación, y sobreactuación, con algunos pasajes rubateados que llegan a lo ridículo, y alguna alteración en la dinámica.

El tercer movimiento, “Rondo. Allegro” es el peor parado de todos: la orquesta vuelve a dar una lección de estilo, de articulación, de fraseo… y de cierta “gracia” (raro esto en Eschenbach); para mí, lo más interesante de esta grabación. Lang Lang vuelve a hacer muestra de esa afectación, no hay gracia en su discurso, sí hay alteraciones de nuevo, dinámicas y expresivas, aparte de mamporrazos sin sentido, de la peor escuela del último Barenboim. La orquesta mantiene el tipo, y no cae en ese juego. Lang Lang, más que personal, suena caprichoso, afectado y fuera de estilo. Una lástima.

El Cuarto Concierto sale mejor parado, es un piano más romántico, en teoría no puede caer en la “afectación” del primer concierto. Lang Lang, se muestra comedido, quizás algo serio, y demasiado trascendente, pero da gusto oírlo, aquí sí, aunque tanta trascendencia quizás sea excesiva. A la Orquesta de París (quién la visto, y quién la ve) da gusto de nuevo escucharla, un arropamiento algo sinfónico, a la antigua escuela, pero muy convincente. El segundo movimiento, “Andante con moto”, queda muy serio y noble, impresionante la entrada de las cuerdas graves en este movimiento. Con el piano, estático, y marmóreo, firman lo que posiblemente sea el mejor momento de la presente grabación. El último movimiento, “Rondó. Vivace” tiene alguna ocurrencia en el piano, por ejemplo acentuar las notas finales del ritmo ternario, un efecto algo enfático, pero no hay mucho amaneramiento, ni contundencia gratuita; aquí el pianista y la orquesta se muestran más compenetrados que en el concierto anterior.

El disco viena acompañado con un DVD promocional, en inglés unicamente, en la que destaca la entrevista al pianista, cargada de anécdotas.

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Los Ret´se llegaron al tercer planeta del sistema Sol. En tiempos pretéritos ya habían estado en el mismo, plantando la semilla de la vida.

La especie Ret´se se dividía en cinco sexos diferentes. No nos interesan, ni seríamos capaces de entender cuáles eran sus hábitos reproductivos. Baste decir que el quinto sexo, el más escaso, era conocido como el de los Prolépticos. En el momento de la reproducción este sexo era capaz de tener atisbos ocasionales del futuro, a veces de la criatura que iba a nacer, otras del futuro más lejano de la especie.

H´cab era el Proléptico más conocido de la historia Ret´se. Llegó a tener un vislumbre del destino remoto de la raza, en el que iba a ser atacada por un enemigo oscuro, poderoso y terrible —lo denominó, simplemente, “El Adversario”—, y la especie sólo se salvaría mediante la alianza con otras especies inteligentes. Desde ese momento, H´cab fue puesto al cargo de realizar todo lo necesario para que la raza estuviera preparada cuando llegara el momento. No importaba que ese momento estuviera situado millones de años en el futuro. La especie Ret´se creía en la previsión.

El cuarto sexo de la especie podía manipular la fisiología de los otros cuatro. Decidieron alterar el metabolismo de H´cab hasta convertirla en virtualmente inmortal.

El Proléptico inició sus viajes por el cosmos conocido en busca de especies inteligentes que pudieran convertirse en aliados. Descubrió que la vida era escasa, muy escasa, y la vida inteligente, prácticamente inexistente.

Especies menos tenaces hubieran renunciado al proyecto. Los Ret´se, en cambio, tomaron la decisión de plantar vida en todo el universo. Los biólogos del cuarto sexo alteraron de miles de formas su molécula genética, pues buscaban la diversidad y no la multiplicación de su especie y la plantaron en millones de mundos, esperando que la evolución siguiera su curso.

Uno de estos planetas fue precisamente el tercero del sistema Sol, al que H´cab volvía ahora para averiguar cómo se había ido desarrollando.

Encontró una especie desagradablemente dividida en sólo dos sexos, grotescamente formada como una estructura bípeda, con dos miembros superiores que, en lugar de palpos sensorios, tenía un repugnante grupo de cinco apéndices en su extremo. Pero esto era parte de la deseada diversidad. El auténtico problema era la deformidad mental de la raza.

Los habitantes del sistema Sol no tenían la capacidad de desear ser más de lo que eran, de creer en un futuro distinto, causado por el trabajo de sus palpos —que llamaban manos— y el esfuerzo de sus cerebros.

Y lo peor es que el tiempo se agotaba. El momento de la batalla contra El Adversario se hallaba sólo a miles de años en el futuro.

H´cab optó, en su desesperación, por una solución mecánica. Creó un robot, llamativamente vestido de rojo, al que dotó de un vehículo antigravitatorio, uncido a otros robots que imitaban la fauna local. Dotó al robot de acceso al Espacio Cuántico, de forma que en una sola noche pudiera visitar todos los habitáculos del planeta, dejando sorpresas para los cachorros de la especie. y le dió órdenes de realizar esto una vez cada rotación del planeta. Esperaba con ello estimular los mecanismos creativos de la especie, logrando así que el futuro les resultara sorprendente y desarrollar su imaginación.

Quizá llegara el momento en que esperaran un devenir mejor que el presente, que tuvieran proyectos, que desarrollaran una ciencia, un arte, una filosofía…

Que simplemente llegaran a tener la capacidad de desearse, por ejemplo, un feliz 2008.

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Una figura crucial en el siglo. Alguien que ha sido capaz de encontrar —con mayor acierto o menos— relaciones entre todos los parámetros musicales. Alguien que respiraba música, vivía música, era música. Debo comenzar por reconocer, que sólo algunas de su obras me han afectado profundamente. El canto del adolescente, Gruppen, Octaphonie… y algunas otras. Cuestión de afinidades, supongo. Pero que nadie dude de que se nos ha ido uno de los más grandes, uno de los que importan.

Leo el periódico digital y sólo se hace referencia a su teórica relación con el terrorismo. Copio lo que escribí en un comentario de este mismo blog:

Lo del 11-S. En su juventud, Boulez escribió un artículo en que se decía que “había que volar todos los teatros de la ópera”. Eran los 60, en que todo el mundo decía cosas así. Había un contexto, en que se entendía que el motivo era el mal que ciertas costumbres de la programación de ópera hacían a la música. Bueno, el caso es que el 12 o 13-S, Boulez, en Suiza, llega a su hotel, tras dirigir un concierto, y encuentra a dos guardas, que por aquella declaración, le tienen por sospechoso de terrorismo. Pasó la noche en la cárcel.

Mucho peor es lo de Stockhausen. Le entrevistaban sobre su ópera Licht, en la que uno de sus personajes es Satán —un Satán alegórico, claro, la simbología de Stockhausen llevaría bastantes páginas para contarla— . Un periodista, fuera de contexto, le preguntó por si creía en las obras y presencia de ese diablo metafórico que empleaba en su obra. Stockhausen, en lugar de decirle las cuatro cosas que merecía la pregunta, contestó que ahí estaban los atentados del 11-S.

Titulares del día siguiente: “Stockhausen dice que los atentados del 11-S son una obra de arte”.

Ese titular le costó a Stockhausen multitud de conciertos, conferencias y alumnos, ya apalabrados. Teniendo en cuenta que ha elegido un estilo de vida pobre, fuera de los círculos artísticos y editoriales habituales, en imitación del Juego de los abalorios de Hermann Hesse, el daño causado le ha hecho pasar situaciones de auténtico apuro físico, sin contar con el odio inmerecido que ha tenido que sufrir. Puedo contar más, pero esa malicia me enferma—la del periodista, claro—

Algo más de un año después, logró que los tribunales determinasen que el periodista había sido malicioso y que se diera una retractación. Pero el mal es casi irreparable. La gente sigue considerando que es un compositor que apoya a los terroristas, y que todos los creadores son así. No hace mucho un artículo del Mundo citaba el caso, junto con el del famoso niño ahorcado para decir que cualquiera que pinte, escriba o componga es una especie de piltrafa.

Lo que no deja de recordarme que cuando asistía al estreno de La señorita Cristina, de Luis de Pablo, para mi gusto la más hermosa ópera jamás escrita en castellano —la ví cinco veces, no es comentario casual— , alguien del público pedía la cárcel para don Luis, porque no le gustaba la música. Mira que puedo haber leido libros malos, encendido la televisión —nunca una buena idea—, o ver los cuadros que venden en el Corte Inglés, y nunca se me ocurrió pedir la cárcel para su autor, y eso que en algunos casos podría estar casi justificado.

Hay gente que odia a los creadores. Entiendo que algunas cosas puedan no gustar, pero arruinar la vida de alguien, pedir la cárcel para alguien o cosas así, por el mero hecho de crear me resulta despreciable.

Quién quiera documentación, que la pida. Menos de la anécdota de Luis de Pablo, en google anda el resto.

Se hace referencia también a la portada de los Beatles. Espero, quiero pensar, necesito pensar, que alguien hará alusión a su genialidad, su música, su espiritualidad, su misticismo, su personalidad.

Quiero pensar que no vivimos en un mundo mojigato, envidioso y mediocre.

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Acaba de morir Stockhausen, uno de los más grandes. Aún después de muerto, sigue el bulo de su terrorismo. Una voz para clamar por su genialidad y su indefensión ante la melevolencia -reconocida- de un periodista

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